viernes, 21 de septiembre de 2012
La fe y las palabras
A veces siento que todo se desmorona cuando descubro que una palabra que he usado toda la vida no significa realmente lo que yo creía. Chorrar para mí, desde siempre, ha sido sinónimo de resbalar, al igual que chorradera era sinónimo de tobogán, pero ah, son localismos, pequeña, la RAE recoge chorar (con una sola ‘r’), que es mangar en Madrid, pero ni un hueco para la Chorradera sureña. Ah. Y tu ánimo se desinfla, como el globo de colores que tu hermano sujeta delante de tu cara: lo siguiente, y lo sabes, es que la cara se te llena de aire tibio ya respirado y salpicaduras de saliva. Si me resbalo, ya no podré decir: cógeme, ¡que me chorro!, y la infancia ya no vendrá a mí más que con el olor de las magdalenas. ¡Para un detonador que no engordaba!, esto es una infamia, una pequeña pérdida de fe.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Anagramas
Todo se acaba, lo bueno y lo malo, lo que pasa es que nos damos más cuenta de que se acaba lo bueno porque no suspiramos aliviados, sino que miramos a un lado y a otro de la calle como si nos faltara el aire. Se me han acabado las vacaciones, y con ellas, ‘Anagramas’, ese libro de relatos de Lorrie Moore que en su día se empeñaron en decir que era una novela. Ha sido pecado llevarlo a la playa, este tipo de libros no deben llenarse de arena, porque la arena entre las tapas es como la arena entre las sábanas, que no te deja leer a pierna suelta, pero es que se me ocurrió que iba a ser mi arma de defensa contra la portada de ‘Cincuenta sombras de Grey’, que abrían ensimismadas todas mis compañeras de parcela playera. Seis tochos de sombras para un metro cuadrado de playa es mucha sombra, y yo que venía a tomar el sol, pensé, así que no pude más que parapetarme detrás de la Moore, para que los ligones de playa supieran que estaba allí para descansar y no para darle al cuero (ese placer, señores, ya lo tienen mis jefes sin necesidad de malgastar días de vacaciones en ello). Los ligones de playa no saben quién es Lorrie Moore, pero entienden cuándo una mujer ladra, porque Anagramas te deja en ese estado, el de querer cagarte en el género masculino y al mismo tiempo, pedirles que te acaricien el pelo mientras tanto. Moore no lo dice con estas palabras, pero el romanticismo nos pierde en el mismo grado que nos pierden nuestras ideas de emular la asepsia afectiva masculina, y ahora para mí los días de playa leyendo ‘Anagramas’ se han convertido en una bruma, de nuevo sin poder respirar del todo bien cuando veo al becario por los pasillos, pensando en que los amigos se mueren de la manera más tonta (pero nunca pensando en que yo soy también amiga de alguien). Bienvenida al trabajo que nunca sabes cuánto va a durarte. Bienvenida.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
El día que nací yo
Hoy es el cumpleaños de mi amiga la que escribe, y he querido mandarle un mail bonito con alguna cosa ingeniosa del tipo: “Has nacido el mismo día que Oscar Wilde, muñeca, así que agarra a un editor por las solapas porque juntar letras es tu destino”. Esa era la intención, porque consultando la gran máquina de sabiduría que es Wikipedia me encuentro con que el día 12 de septiembre no nació ningún escritor de tal talla (que me perdonen los fans y familiares de Stanisław Lem (escritor de ciencia ficción polaco) y Riccardo Pazzaglia (un director de cine italiano que parece ser que escribió cosas que no conozco). Lo que abunda entre las gentes destacables que nacieron este día (a la Wiki me remito, que es como palabra de Dios) es el politiqueo y la abogacía, pero lo más artístico que recoge el listado son los nombres de Maurice Chevalier y Barry White, así que igual le digo que coja una guitarra y se eche a la calle (seguro que le salen consignas más ingeniosas que las que escucho a diario en el telediario).
Y sí, queridos, ya atrapada por la mera curiosidad estúpida que mueve el mundo hacia la desgracia he buscado quienes nacieron el día que nací yo: Miguel de Cervantes, Miguel de Unamuno y Boris Izaguirre. Por un momento no podía respirar. He dudado si mi destino era hacerme escritora o marica. Me encantaría ser lo segundo, pero soy demasiado masculina, me temo, hasta para el gremio lésbico. Conclusión: No miréis Wikipedia y a trabajar, cabrones.
martes, 21 de agosto de 2012
¿Estás escribiendo?
Mi muy mejor amigo y mi amiga la que escribe me llaman de vez en cuando a horas intempestivas, y me preguntan: ¿te cojo bien?, ¿estás escribiendo? Supongo que han dejado de preguntarme si estaba durmiendo porque siempre adivinan en el temple de mi voz camioneril cuándo les miento, y supongo también que preguntar ¿te cojo bien?, ¿estabas follando? no queda muy fino. Igual piensan que es poco probable que suceda lo uno o lo otro, y es su forma de animarme a que haga lo que piensan que tengo más a mano, pero aunque es harto probable que el sonido del teléfono no interrumpa gran cosa, el otro día, pasó. Sonó en mitad de una ceremonia de boda, justo cuando el cura dijo si alguien tenía algo que decir que impidiera la celebración del matrimonio, como en las películas. No fue mi móvil, cuando entro en las iglesias no me santiguo, pero apago el aparato, pero le sonó a mi amiga la que escribe, que rebuscó el su minibolso para silenciarlo y le hizo al cura gestos de ‘cosas de la tecnología’ con la mano lacia y sin perder la sonrisa para luego volver el cuello como la niña del exorcista y enseñarme en el display que la que llamaba era la ex del contrayente. Mi amiga rechazó la llamada y a continuación vibró la funda de mi cámara de fotos, donde yo tenía metido mi plátano móvil. La ex llamó sin parar a todos los teléfonos de todos los amigos del novio que estábamos invitados a la ceremonia: escuché hasta nueve vibraciones pretendidamente insonoras más y luego salimos para tirar el arroz. ¿Deberíamos decirle algo al novio antes de que firme?, me preguntó mi amiga la que escribe, pero yo sólo me encogí de hombros. Nadie tuvo valor para interrumpir la ceremonia y hacer un aparte con el novio, ni siquiera la interesada, que vive a dos calles de la iglesia y que digo yo, podía haberse dado un paseo y haber aparecido por la puerta como una devastación, con el sol a la espalda. Pero no, se quedó en su sillón comiéndose las uñas y llamó al móvil de todos sus ex amigos que, sin excepción, hicimos como que no habíamos visto la llamada; porque la gente a veces se cree con derecho a llamar en cualquier momento y no te pregunta si te coge mal, en medio de una ceremonia de chaqué y 700 euros en flores frescas para la iglesia, y es en ese momento cuando estás plenamente seguro de que no eres Dios, de que no eres nadie para cambiar o no el curso de los acontecimientos, y sin embargo sabes también que hagas lo que hagas ya estás metido sin querer en un marrón que sólo podrás aplacar poniéndote hasta el culo de Gvine cuando abran la barra libre, porque en el fondo de tu alma dudas, y te quedas con el arroz en la mano sin saber si descolgar o no el aparato, con cara de gilipollas y sin poder volver a concentrarte, como si justo al sonar el aparato se te hubiera ido la idea literaria de tu vida o alguien te hubiera interrumpido un buen polvo.
lunes, 30 de julio de 2012
Debajo de la ventana
En verano, en esta ciudad calurosa, se escuchan muchas cosas con la ventana abierta. Al abrigo de la nocturnidad la gente se pega al muro en busca del frescor del ladrillo y se pone a darle al palique como si estuvieran a salvo o fueran inmortales. Y da para mucho, por lo que parece. En dos semanas he escuchado confabular contra el presidente de la comunidad; cómo una tierna adolescente le contaba a su amiga los motivos por los que iba a dejar al novio (principalmente, que no le gustaba el sexo con él); el complot infantil para que un tal Alfonso no pueda jugar más al escondite por tramposo; las quejas sobre el trabajo de la limpiadora del bloque; las voces, por dos veces, de un vecino hablando por el móvil y contándole a los compañeros los pasos que han de dar tras el ERE; las amenazas sobre riegos con cubos, amenazas firmes, del vecino del primero, si la gente ociosa no cerraba el pico, acostaba ya a esos infantes sin hogar o bajaba el volumen; pero lo mejor fue una conversación de unos padres maduros justo debajo de mi ventana: oye, ¿lo hiciste?; pues sí, me quedé más a gusto que un arbusto; ¿y ahora qué?; pues nada, una vez hecho ya es como si no fuera mi problema; ¿y tú crees que sospechará de ti?; ni de coña, hace más de año y medio que ya no está, nadie iba a atar cabos; qué dos cojones tienes, qué dos cojones, ¿y mereció la pena?; pues claro tío, esto es algo que podré contarle a mi hijo, eso sí, cuando crezca y pueda entenderlo, ya sabes. No puede dormir en toda la noche pensando en las posibilidades.
viernes, 13 de julio de 2012
El gran desengaño
No se pueden sacar a la palestra cosas del instituto y no quedar impregnado de su melaza o de su mierda. La adolescencia, esa gran hija de perra. Tengo un buen amigo en Madrid que me dijo una vez que ya podía dar gracias al gran fiasco de mi vida (que sucedió en tiempos del BUP y el COU), porque sostiene la teoría de que un escritor que pretenda tener algo que decir no puede menos que haber sufrido en su vida al menos un gran desengaño. Yo soy más de la opinión de que con ser buen observador basta (ya si se tienen rayos X en los ojos como Cortázar o Foster Wallace, mis superhéroes favoritos, pues no te digo nada del disfrute), pero me interesa su idea ahora que leo ‘Los Lemmings y otros’. Lo leo porque es un libro que recomendó Pablo Gutiérrez a través de su blog cuando mi amiga la que escribe le preguntó por algo bueno que leer, y porque ella me lo ha pasado ahora que no tengo ni para pipas. Ya sé lo que los escritores tenemos que decir sobre la obra y el escritor y esa gran distancia insalvable (imagino que muchos de nosotros por no reconocer que escribimos sobre nuestro culo), y que el personaje es uno y no es uno, esos entrecomillados ya me los conozco, pero cuando devoro uno de los relatos de Fabián Casas no pienso en alguien que haya sufrido un gran desengaño en su vida y que por eso escriba, pues parece que es cada cuento el que esconde un gran trauma, contado a veces como una simple anécdota divertida, y puede que en eso resida su interés, en que no es fruto de una gran miseria, sino de muchas miserias todas juntas. Los libros que me interesan son como un Sálvame diario en letra impresa, pero no con impostura, sino con basura de la buena. A partir de Fabián Casas empiezo a entender que programas como ese y otros sean ‘lo que la gente quiere ver’. Tengo que hacerme mirar esto (igual también puedo insinuar algo sobre mi adicción a los Tigretones), aunque seguro que para conseguirlo me hacen hablar de la adolescencia, esa gran hija de perra.
jueves, 5 de julio de 2012
Una maldita opinión
En el instituto salí con un tipo tripitidor (la envidia de toda la clase) la mar de atractivo que una vez tuvo un problema familiar y que, cuando traté de aconsejarle, me dijo que gracias, pero que no recordaba haberme pedido mi maldita opinión. Bueno, nos costó la relación (más se perdió en Cuba), pero desde entonces no he aprendido, la doy siempre, sin ton ni son, puede que la manía se me quedara como reflejo ante la intuición del pie en pescuezo, no sé, pero es la clave para entender que afirmaciones como desde mi más modesta opinión no te duran las relaciones porque comparas a todas tus novias con tu madre muerta; o si me preguntas te diré que ese tío es un putero y que te tratará como a una puta, o sea que guay, si es lo que te gusta, me hayan costado amistades y alguna que otra relación familiar de segundo o tercer grado. No estoy orgullosa de ello, todo el mundo da su opinión, libremente y sin que nadie se la pida, y por eso cuando no puedo evitar hacerlo yo me doy cuenta de cuan denostada está la mía (lo mismitico que la del resto). Esto es como vivir en una tienda de chuches y que haya que pagar las compras con caramelos, en esas circunstancias, a nadie le pone el dulce. Ahora que he obtenido un NO definitivo (shit), un silencio administrativo, y un mantenimiento de la incertidumbre en los tres procedimientos que tenía abiertos puedo sentarme a respirar sin mirar mucho más allá de pasado mañana y ser sincera conmigo misma: sabes que Sevilla ya no da más de sí, sabes que tendrás que irte de aquí más pronto que tarde, y que si no lo has hecho ya es por el becario, seguramente, que en el fondo eso no se ha cerrado, me dice mi vocecilla interior, tan maja, y no sé cómo decirle amablemente que se meta su opinión por el culo.
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