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miércoles, 10 de abril de 2013
Las clases de sexualidad
A mí sólo me hablaron de sexo en un aula una vez y esto ya es decir mentiras, porque no fue en un aula, fue en el Salón de Actos del instituto, supongo que para revestir la charla de solemnidad y para que la foto del pene erecto y la vulva entreabierta proyectada en pantalla grande no nos diera tanta cosica a los listillos de las primeras filas que, un poco azorados, nos habíamos ubicado estratégicamente en medio de la sala para pasar más desapercibidos. Aquel día a todos nos hizo mucha gracia ver cómo el hombre que daba la charla nos decía a todos las palabras ‘pene’ y ‘vagina’ acompañadas de imágenes de sendos primeros planos, como si alguno de nosotros nunca se hubiera mirado la entrepierna ni, con suerte para nuestros tiernos 16 años, se la hubiera podido ver de cerca a un contrario. Así mis recuerdos lo único que digo es que mientras nos hacíamos los puritanos y soltábamos risitas con los compañeros (la mayoría no habíamos practicado, pero nos sabíamos la teoría en el apartado básico) aquel pobre educador tenía que soltarnos el rollo sobre los condones y el sexo con-sentido (magnífico eslogan de la época), donde todo de basaba en acojonarnos muy mucho con las enfermedades de transmisión sexual, cosa que, al menos conmigo, consiguieron muy bien al ponerme en pantalla grande un primerísimo primer plano de varios órganos sexuales femeninos infectados con venéreas.
No soy estúpida, sé que la edad de estar al tanto de las cosas del mete saca ha bajado mucho, y que ya con 12 años los niños y niñas están igual de al día que nosotros lo estábamos con 16 y sueltan las mismas risitas estúpidas en clase cuando la compañera con novio formal pregunta si una se puede quedar embarazada en la ducha sólo con masturbaciones, esto es, sin penetración, y el profesor dice que hay una pequeña posibilidad de que sí si la temperatura del agua es la adecuada y todos se quedan ojipláticos y ya no se ríe nadie. Es por esto que aunque me parece un poco alarmista la polémica de ABC con el folleto sobre sexualidad que la Junta de Andalucía ha editado (aquí para los que no sepan de qué va el tema: FOLLETO) y que se desacredita diciendo que ‘enseña’ posturas sexuales a los inocentes críos, sí que tengo que decir que me choca enormente que en el folleto se hable de todo (el placer, el autoplacer, la libertad y la violencia incluidos) pero ni se mencione una sola vez la palabra ‘enfermedad’. Y digo yo, ¿ya no dan miedo las venéreas y el SIDA? Creo que después de esta reflexión me siento tan vieja que me voy a poner a escuchar esa canción de Nacho Vegas donde el estribillo dice amablemente ‘muy mal, qué mal, nos queda, menos mal, el dry martiny y el sexo anal’.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Reírse sin dejar de parecer un trabajador serio
Vale, si le preguntan a un psicólogo les dirá que reír abiertamente es algo positivo, pero me juego los seis días de vacaciones que me quedan de 2012 a que ninguno de ellos ha trabajado jamás en mi oficina. Allí toda sonrisa, gesto cómico y no digamos carcajada son interpretadas como un gesto hostil. Esto tiene una explicación clara: si te ríes siempre te tienes que estar riendo de otro, y en un clima hostil como ese todo tiene importancia, de hecho, todo es tan importante como para que le dediques tus esfuerzos simpáticos el cien por cien de las veces sin que haya vida más allá. Todo el mundo se escama ante una risa y piensa ¿seré yo?, ¿será por mi?, y acaban por creer que efectivamente te ríes porque te sientes superior y piensas que el resto son gente estúpida; y eso jode, sentirse estúpido no mola nada y como conclusión, tú te estás riendo de manera maliciosa, siempre. Sí, así son los círculos viciosos de la oficina, ya saben. Es la guerra, señores, y hay que aprender a reírse para adentro. Yo leo el blog de Diana Aller y me río para adentro del rótulo televisivo de esta entrada (‘Salió a divertirse y le destrozaron el ano’), y entonces ocurre: mientras estoy mentalmente partiéndome la caja y pensando en llagas y eczemas y uñas de los pies levantadas para evitar translucir mi risión entra mi jefa y me dice: ‘qué concentrada estás esta mañana’. Y yo asiento casi sin asentir, como si estuviera efectivamente demasiado concentrada para emitir juicio alguno, y tecleo, no sé qué, pero tecleo. Podía haber sido una gran artista. Ahora mismo, me estoy riendo para adentro.
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