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lunes, 30 de diciembre de 2013

Puto recuento de año viejo 2013

Queridos todos, como cada año en estas fechas me dedico a hacer un somero recuento del año, ya que la mierda de situación en que vivimos y mi natural actitud precavida me impiden hacer proyección alguna para el 2014 (no en vano me van renovando el contrato cada dos meses, lo que impide que haga planes mucho más allá). Abandonamos un 2013 donde he sido madre, he pasado cuatro meses en el paro para que mi empresa no tuviera que pagarme la baja maternal, he experimentado la muerte social tras la marcha al extranjero de mi muy mejor amigo y me he indignado con las noticias como nunca, haciendo un esfuerzo especial por no ponerlo en Facebook, porque soy de las que piensa que hacerlo mitiga la ira social y me apetece estar muy cabreada, estarlo es una elección personal, mierda de todo. Recuerdo el primer fin de año que salí de fiesta. Era una fiesta que se celebraba en un viejo cine, el piso estaba inclinado y a las dos de la mañana no eran pocos los que derramaban sus bebidas por el suelo. No se podía bailar, había que luchar por no caerse con los tacones y el suelo mojado e inclinado, la ginebra se acabó a las dos y media de la mañana, el resto de bebidas alcohólicas, a las cuatro y media, cuando parecía imposible que la cosa empeorara, se acabaron los refrescos a las cinco, empezamos a sentir el frío (antes mitigado por el alcohol, supongo), el tío que me gustaba se fue al baño a potar y en el camino se lió con otra, se me partió un tacón mientras buscaba un taxi, pues vaya mierda de primera fiesta de fin de año, no me digan. La situación de este 2013 me recuerda mucho a aquella fiesta, un escenario lleno de posibilidades que se va jodiendo poco a poco, inmisericorde hasta con los que más ilusión albergábamos. Recuento de mierda de año viejo, qué cerdada, cuando lo normal es que saliera positivo, un hijo sano en el mundo, positivo, pero no puede ser; la juventud, la ilusión, el primer vestido de fiesta están bien, pero lo demás pesa, joder si pesa. Feliz año a todos.

jueves, 28 de noviembre de 2013

El regalo envenenado

Cuando dije que con el nacimiento del bebé se había producido mi muerte social definitiva hablaba en serio. No os imagináis la cantidad de supuestos amigos que no han venido a ver al bebé, intuyo que por una expansión clara del raterismo sevillano, esto es, por no tener que hacerle un regalo al niño. En los pocos casos de visitas sinceras que se han producido, tres venían con las manos vacías (porque no sabían qué comprar, ya lo tendría todo del primero, y bueno, ya cuando haga el añito), tres han hecho regalos sinceros, gracias (una de ellos pañales, no hay mejor regalo en el mundo), y uno me ha dado un regalo envenenado, feo, inútil, sin ticket regalo y con media etiqueta. Como era del Corte Inglés fui a cambiarlo por otra cosa y la dependienta se rió de mi al verme sacarlo de la bolsa. Me explicó que yo traía en mis manos lo que ellas denominaban 'el regalo envenenado'. Desde hace al menos cuatro temporadas (el tiempo que ella lleva trabajando allí, pero no puede asegurarme si la cosa venía de antes) al menos cuatro madres distintas han intentado cambiarlo. Se ve que sin resguardo y con sólo media etiqueta el Corte Inglés no lo cambia, las madres se lo llevan y lo endiñan a otra madre cuando nace otro niño, y así en una espiral de raterismo reconcentrado. La dependienta se disculpó por no poder hacer nada, ya que ni siquiera era de esa temporada, y yo le dije que no se preocupara. No sé si endiñarlo yo en alguno de los nacimientos de mi oficina o dárselo a mi hijo como poderoso amuleto anticrisis. Nunca se sabe.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Segundas partes nunca fueron buenas

Pensaba que para volver a publicar algo en este blog después de tantos meses de silencio tendría que escribir un increíble post resumen de mis últimas vivencias, algo grande y con garra, pero no, mi cerebro ha hecho plof, estoy seca, así que haré un resumen mierder porque de lo contrario no volveré a arrancar jamás: dos meses de reposo médico panzarriba después de mi último post nació mi segundo hijo, que para colmo, tiene el mismo padre que el primero. Ya lo sé, segundas partes nunca fueron buenas, tú estás loca, bla bla bla. Él cuida del primero, yo del segundo. Un bebé y todo lo que trae consigo (salvo depresiones post parto, que de eso no tengo, todo lo demás es mío, sueño, amor incomprensiblemente intenso por tres kilos de carne humana, sueño, sueños, teta, cacas, ropitas, problemas con la higiene personal por miedo a dejar solo al bebé, todo, todo mío, más algo de lectura y algo de cine en dvd y la muerte absoluta de mi ya escasa vida social). Así están las cosas y así se lo hemos contado. Disculpad lo que diga a partir de ahora, no soy yo, son mis hormonas: os quiero, asquerosos, por ser los únicos que permanecéis (sobre todo tú, mi muy mejor amigo, desde esa mierda de país frío donde te has ido a poner cervezas, hijoputa).

viernes, 14 de junio de 2013

La amistad y sus vaivenes

Yo siempre pensé que cuidar a un amigo era suficiente, preocuparse por lo que le pasa, preguntar con interés real, escuchar, estar ahí para cuando te necesiten, pero ah, nunca es lo bastante, nunca lo es, hay que manejar ciertos códigos, hay que pasar por ciertos aros, y ahí es donde me pierdo. Cuando eres adolescente y te ves inmerso en esas tramas celosas de ‘te digo, me dijeron, me dijo’ aprendes algunas lecciones válidas para la vida, como a no fiarte mucho de la gente que al sonreír enseña mucha encía, a alejarte de las personas a las que sólo les interesa un único grupo musical, a no empatizar con quieres te preguntan qué has sacado exactamente en cada examen, en la pregunta tres en particular. Aún así, creo que la adolescencia es el único momento en el que la amistad se me ha presentado de una manera transparente, con su instrumentalidad, con su poquito de cosa rancia y convenida, con su comodidad perfecta y su ilusión, su energía y sus ganas o todo lo contrario. Conforme fui creciendo me di cuenta de que jugaba en un terreno en el que no conocía nada bien las reglas (yo, que siempre aposté por la naturalidad, vi que aquello se quedaba obsoleto a una velocidad de vértigo), y bueno, lo reconozco, me salí un poco a la cuneta a verlas pasar, porque la competición a lo cuadrigas me tenía agotada. Supongo que fue ahí donde perdí el barco, me fumé la clase magistral sobre cómo hacer amigos más allá de los 27 y desconozco las leyes imprescindibles sobre cómo no perder al menos los que malamente conservas en el punto de tu vida en el que de un modo muy patético te pones a hacer recuento. Luego los años pasan y te das cuenta de que la amistad se trabaja, y de que es inútil que te lo curres tú solo, esto es, si no hay reciprocidad, interés mutuo en mantener la cosa a flote, todo se va a la mierda. No sé cuándo estoy siendo pesada: si envío un correo preguntándole a un amigo cómo está y no me responde, ¿es correcto insistir una vez más, dos veces, cinco?, ¿en qué número está el máximo que determina que tu preocupación o interés o necesidad de expresarte egoístamente con otra persona no es recíproco?, ¿hasta dónde estás empujando al otro a ser cortés?, ah, echo de menos el testing del grupo, donde se podía lanzar la sonda, ¿sabes si le pasa algo conmigo a este tío?, ¿será que le caigo mal a menganita? La era email/facebook es tirana, te separa de los de siempre si están muy ocupados y te acerca a otros con los que realmente no sabes si, y a veces piensas, seguro que me llevaría genial con esta persona, pero está lejos, o tiene ya bastante con los amigos que tiene, o no le interesa aumentar su agenda, o no tiene tiempo, tiene hijos, un trabajo absorbente, una pereza absorbente, y al final te ves ahí, sosteniendo los dos extremos de la cadena rota y preguntándote cómo falló ese puto eslabón a pesar de tus esfuerzos. ¿Será que no tengo What´s up? Piensas a veces, en un último intento consumista de no aceptación de tu nula relevancia en tu escaso círculo amistoso. Todo esto es realmente complicado, casi tanto, o más, que una relación amorosa, porque una relación amorosa si funciona pues bien y si no, pues nada, pero una amistad si funciona pues a veces no se puede y si no funciona a veces te empeñas para nada y otras no te das cuenta y mierda, te echas a la cuneta a verlas pasar porque las competiciones a lo cuadrigas siempre te dieron un poco de miedo, es la verdad, hay carrozas demasiado brillantes que por dentro están vacías y el humo no te deja ver cuáles son las buenas, a cuáles seguir, y continúas pensando en lo chulas que eran las que pasaron aquella vez, hace años, aunque hayan tenido que cambiar completamente por dentro para poder seguir corriendo y tú veas sólo lo de fuera, con su poquito de egoísmo, de conveniencia, de alegría o no. Ala, ya he echado el llanto.

miércoles, 10 de abril de 2013

Las clases de sexualidad

A mí sólo me hablaron de sexo en un aula una vez y esto ya es decir mentiras, porque no fue en un aula, fue en el Salón de Actos del instituto, supongo que para revestir la charla de solemnidad y para que la foto del pene erecto y la vulva entreabierta proyectada en pantalla grande no nos diera tanta cosica a los listillos de las primeras filas que, un poco azorados, nos habíamos ubicado estratégicamente en medio de la sala para pasar más desapercibidos. Aquel día a todos nos hizo mucha gracia ver cómo el hombre que daba la charla nos decía a todos las palabras ‘pene’ y ‘vagina’ acompañadas de imágenes de sendos primeros planos, como si alguno de nosotros nunca se hubiera mirado la entrepierna ni, con suerte para nuestros tiernos 16 años, se la hubiera podido ver de cerca a un contrario. Así mis recuerdos lo único que digo es que mientras nos hacíamos los puritanos y soltábamos risitas con los compañeros (la mayoría no habíamos practicado, pero nos sabíamos la teoría en el apartado básico) aquel pobre educador tenía que soltarnos el rollo sobre los condones y el sexo con-sentido (magnífico eslogan de la época), donde todo de basaba en acojonarnos muy mucho con las enfermedades de transmisión sexual, cosa que, al menos conmigo, consiguieron muy bien al ponerme en pantalla grande un primerísimo primer plano de varios órganos sexuales femeninos infectados con venéreas. No soy estúpida, sé que la edad de estar al tanto de las cosas del mete saca ha bajado mucho, y que ya con 12 años los niños y niñas están igual de al día que nosotros lo estábamos con 16 y sueltan las mismas risitas estúpidas en clase cuando la compañera con novio formal pregunta si una se puede quedar embarazada en la ducha sólo con masturbaciones, esto es, sin penetración, y el profesor dice que hay una pequeña posibilidad de que sí si la temperatura del agua es la adecuada y todos se quedan ojipláticos y ya no se ríe nadie. Es por esto que aunque me parece un poco alarmista la polémica de ABC con el folleto sobre sexualidad que la Junta de Andalucía ha editado (aquí para los que no sepan de qué va el tema: FOLLETO) y que se desacredita diciendo que ‘enseña’ posturas sexuales a los inocentes críos, sí que tengo que decir que me choca enormente que en el folleto se hable de todo (el placer, el autoplacer, la libertad y la violencia incluidos) pero ni se mencione una sola vez la palabra ‘enfermedad’. Y digo yo, ¿ya no dan miedo las venéreas y el SIDA? Creo que después de esta reflexión me siento tan vieja que me voy a poner a escuchar esa canción de Nacho Vegas donde el estribillo dice amablemente ‘muy mal, qué mal, nos queda, menos mal, el dry martiny y el sexo anal’.

viernes, 8 de marzo de 2013

No more drama

Siempre me dijeron que convenía hacer caso de nuestros mayores, por eso, sin ánimo de ofender, he decidido seguir el consejo del último single de Fangoria, que lanza a los cuatro vientos que no quiere más dramas en su vida, que quiere ‘sólo comedias entretenidas’. Sí señor, ellos han aprendido más que yo de esta vida y saben perfectamente que lo superficial vende y que todo aquello que trasciende el estado puro y cristalino del ocio es desterrado, denostado y hasta negado. Que hayamos conseguido muchas cosas mediante la queja constante (derechos laborales ya casi olvidados, por ejemplo) ya no mola, ahora lo que mola es la sonrisa plana, el qué tal el finde y la cervecita de los viernes, aunque sea con gente a al que escupirías en la cara si no tuvieras que compartir con ellos un reducto de la oficina. Yo, que soy un ser oscuro desde niña y que con el tiempo me he ido dejando ganar por cierta ranciedad intelectual que me resulta muy atractiva en el género masculino pero que se ve a todas luces que no está permitida en el mundo femenino, he decidido claudicar. He de ocultar mi condición, mi convicción de que todo es mierda líquida, y actuar como si acabara de salir de una vaina (pero de una vaina de la positividad, claro está). No sé si lo conseguiré queridos, espero que me deis muchos ánimos y me invitéis a algún trago a horas intempestivas (¿las doce de la mañana?) para sobrellevarlo. No poder cagarse en todo va a ser un auténtico esfuerzo espiritual para mi, sobre todo ahora que la vida me sonríe y la gente me dice que tengo que estar contenta por tener un trabajo en el que, con dos licenciaturas, tres master y un doctorado, gano 647 euros limpios al mes sin pagas extra. Qué felicidad. Ocultar mi condición, ocultar mi condición, permitidme que me lo repita. Me acuerdo ahora mismo de una amiga del instituto, que decidió contar en su grupo de confirmación que había decidido ser lesbiana. Por más que yo le recomendara que ni se le ocurriera soltar semejante bomba en dicho foro ella hizo oídos sordos y fue desterrada de inmediato, no llegó a confirmarse nuca, huelga decirlo. Cuando después de mucho insistir consiguió quedar con una de las compañeras de la comunidad para tomar un café se quedó de piedra al escuchar el argumento de la otra: ‘esas cosas te las callas para ti, a nadie le interesa saber la basura que tienes dentro de la cabeza, si te sientes mal, pues finge’. Creo que es el secreto de la vida, no les digo más que me voy a recolocar la peluca. Que tengan un buen día!

jueves, 3 de enero de 2013

Lo que piensas que pasará y lo que pasa en realidad

No suele coincidir, digo, lo que uno piensa que pasará y lo que pasa en realidad, y eso explica fácilmente por qué vamos con mucha expectativa a esos cotillones de Fin de Año y al final sólo pasamos frío y sueño, mirándonos los pies y pisando lodo alcohólico con restos de papel confeti. También puede explicar por qué vas a una cita agachando la cabeza convencido de que será un desastre y te sorprendes regresando a las tres de la mañana con ganas de gritar de felicidad, claro que en este segundo ejemplo puede que tuvieras el estómago más vacío y te hubieran cabido más cervezas o más gintónics, depende. Cuando uno cree que se lo pasará mierda bebe para darle al alcohol el control de la situación, y siempre que le des rienda y media (no las dos, tampoco es cuestión de acabar en coma etílico), la cosa suele manejarse sola mucho mejor de lo nuestras torpes expectativas sabrían conducirla. Lo chungo es cuando me imagino que bebo un poco y me desinhibo y digo lo que quiero decir y la cosa funciona, y en realidad bebo demasiado y hablo más de la cuenta y me entero de cosas que nunca habría querido saber y por supuesto me quedo sin follar una vez más. Pero coño, qué bien nos lo pasamos, ¿no? Viva el 2013.
http://www.jazno.net, qué pedazo de maniquíes.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Formas estúpidas de enamorarse

Podría escribir un tratado con la cantidad de formas estúpidas de enamorarse que he experimentado, pero soy vaga, y de momento sólo he escrito un relato donde las menciono de refilón. Y es que lo he estado pensando y me he dado cuenta de que me fijo en cosas del sujeto a adorar que, a primera vista, podrían pasar desapercibidas. Por ejemplo, que sea muy torpe escribiendo mensajes de texto con el móvil; que nunca se ría pero que cuando lo haga le cambie la cara por completo; que no sepa sujetar bien un periódico sin armar un jaleo imposible con las páginas; que lleve pañuelos al cuello sin temor a parecer maricón; que camine dando pequeños saltitos, como si estuviese siempre infinitamente feliz; que remueva el café de lado a lado y no en círculos; que pida cada día un desayuno diferente, desconcertando siempre al camarero habitual; que nunca lleve paraguas porque se agobie y en consecuencia acabe siempre empapado; que vaya a cortarse el pelo sólo cuando ya le sea absolutamente imposible peinarse; no sé, imbecilidades como esa. Lo que sucede es que aunque sobre el papel esas minucias puedan resultar tremendamente poéticas, en la práctica es viernes y estoy sola, y a mis espaldas acarreo sonoros fracasos amorosos. Ya veis, ese dato es como para despertar del ensimismamiento, digo yo, y bien que lo intentáis los que me conocéis, pero dado los tiempos que corren y los solteros que me rodean no me queda hueco para la poesía. En consecuencia he de reconocer que está siendo muy tentador volver al pasado, auque sea de pensamiento y no de obra, pero, ah, el pensamiento es siempre tan terriblemente peligroso, porque donde no hay sí se puede rascar, rascas hasta que la imaginación sangra, te inventas historias terroríficas en las que enferma o desaparece la mujer de tu ex y él te busca porque en el fondo tampoco te ha olvidado, esas historias en las que te encuentras por casualidad por un antiguo amante e instauráis los jueves como día de encuentro, ah, la clandestinidad, esa vieja puta desconocida que siempre me tienta con sus trucos. En la mente todo es más fácil, lo que antes te daba ganas de morir es cuero engrasado tras el trabajo que sobre él hace la imaginación, y por eso, y también porque es viernes y estoy sola, he comprado un billete de tren que no sé si usar. Por favor, esto es un llamamiento, que uno de vosotros me invite al cine o a irnos de cañas para evitar un ridículo mayor. Gracias.

viernes, 26 de octubre de 2012

La depresión post fin de semana con amigos

Hay veces en las que me visitan amigos a los que normalmente tengo lejos y me lo paso tan bien que cuando se van entro en una espiral nostálgica casi depresiva. Supongo que es similar a lo que me pasa cuando estoy leyendo un libro que me está apasionando, que a medida que me voy a cercando al final me voy poniendo triste, y lo dilato, a veces hasta pongo un rato la tele y lo dejo encima de la mesa semanas enteras antes de acometer la lectura del final. Y es que creo que por cada libro bueno que me leo me tengo que tragar seis mierdas, y es por esa estadística que no quiero finiquitar el bueno cuando doy con él, es obvio, pues tengo aún seis basuras por delante por las que a veces hasta pago. Cuando vienen al sur buenos amigos y tengo la oportunidad de vencer mi pereza extrema y salir a tomar algo siempre acabo disfrutando y pensando en qué hago yo todavía en esta ciudad, en por qué no soy yo la que regresa y se marcha cada puente largo, en por qué no abandono el papel de anfitriona, en por qué no dejo de leer un libro cuando a las 20 páginas me doy cuenta de que es una bazofia. ‘Aquí todo es mejor’, de Justin Taylor, me lo he leído muy, muy deprisa. Tenía todos los elementos para que me gustara, pero no me he visto dentro. Me leía dos, tres cuentos mientras mis amigos despertaban de la borrachera y se quejaban de la edad porque no aguantamos ya bien los gintónics, y pensaba que las vidas pretendidamente tristes que me describe Taylor, repletas de inacción, estaban mucho más lejos de mí que los relatos de Ray Bradbury sobre la luna. Sin embargo, y no sé si es paradójico, mi vida está repleta de inacción. Mis amigos se marchan y yo me quedo, lamentándome por haberme enterado de tantas novedades de golpe y por haberme perdido esa parte de sus vidas. Lamentándome porque hace cinco años que yo no tengo novedades que contar. Hay veces que uno está predispuesto a que algo guste, a que algo sorprenda, a que algo cambie, y sin embargo lee y le parece todo lo mismo, el mismo personaje, las mismas comas, el mismo escenario, aunque en realidad no. La depresión post fin de semana con amigos lo nubla todo, nubla la lectura, la botella a medias sobre la mesa, la cantidad ingente de dulces que han sobrado, joder, todo el mundo a dieta, la certeza fugaz de que basamos este tipo de amistades en sentimientos añejos y en la mentira extrema del desconocimiento real, pero no, no nos detenemos ahí, es una niebla que queremos disipar a base de soplar con todas nuestras fuerzas.